[…] Este pequeño relato desvela más sobre la búsqueda interior de uno mismo que sobre la búsqueda exterior de las ovejas. Es tanto una escalada casi mística a las alturas de las montañas islandesas en busca de ovejas descarriadas, como descenso a las profundidades del alma para encontrarse consigo mismo: un buen compañero para el tiempo fuerte del Adviento, que para los cristianos es una pequeña cuaresma, no mero tiempo de paciencia muelle, sino de espera impaciente, arriesgada y penitente, atenta y vigilante del que viene a nosotros desde lo alto pero está también más dentro de nosotros que nosotros mismos. […]
